Al leer las palabras miedo y plomo, puede que nos
horrorice tanto, que olvidemos o categoricemos de menos letal la problemática que
representa el hambre en nuestro país. En resientes estudios se prepondera a
Colombia como uno de los países más desiguales del mundo (el segundo, ante
seguido por Haití) y en otro como un país donde el 4,8% de su población padece
hambre según la ONU.
Es pues, Colombia, un país diverso y lleno de recursos,
con el potencial y la verraquera para mejora las condiciones de sus habitantes,
está llena de gente soñadora y que demuestra día a día las ansias de
superación. La pregunta es; si es Colombia un país lleno de maravillas, ¿por
qué es uno de los más desiguales y hambrientos del mundo? Es tan obvia y triste
la respuesta y a su vez amarga al paladar, porque desde ya hace más de 50 años
hemos sabido donde radica el problema y cuál es el mal que aqueja al pueblo
colombiano. Ha sido un cáncer concentrado y centralizado. Un tizón de violencia
y más violencia que se ha encendido hasta nuestros días por el simple hecho de
querer apagar este mismo tizón, pareciese que fuera un karma eterno o especie
de una maldición sin fin que hubiera caído a nuestra nación desde el día que
decidieron ahuyentar a los indígenas como ratas de su propia tierra, tierra que
les fue arrebatada. Hemos sido un país de conflictos desde su fundación, la
guerra y la violencia pareciese que fuera nuestra única salida a los problemas.
Pero en algo si hay lógica, y es que la guerra y los conflictos sociales que
aún se presentan y sufren miles de colombianos, obedecen a los intereses de la
oligarquía representada por años en el poder, la guerra solo ha traído hambre y
pobreza a nuestro país, más de 60 años sucumbidos en el odio y en el afán de
desintegrarnos por una ideología o posición social, todo esto ha llenado los
bolsillos de las viles ratas oportunistas sentadas por décadas en el poder. No
han variado en nada desde sus macabros planes perpetuados por los liberales y
conservadores, quienes románticamente le llamaron frente nacional y que indudablemente
fue un atropello a la democracia y al pueblo colombiano.
Todo ese recorrido bañado en sangre nos trae hasta las cifras actuales, un país hambriento y lleno de incertidumbre al no saber dónde será el paradero final de este platanal, como lo llamó algún ingenioso. Es angustiante reconocer que nuestra historia ha sido violenta, y es que hay que reconocerlo, nuestros gobernantes no han sabido hacer otra cosa sino recurrir a la guerra, porque es allí donde sacan provecho, llenándose los bolsillos de dinero, mientras el pueblo mendiga pan y educación, es injusto y es un pensar macabro, eso no es política, son una ratas sin cerebro, que su única estrategia es infundir el miedo como estrategia de campaña, coincide mucho con la manera de proceder de un honorable ex-presidente que hasta el día de hoy se adelanta contra él más de doscientas investigaciones, en su mayoría inconclusas y evadidas.
Y no es que con mi posición intente generar odio ni mucho menos incitar a la violencia; pero en algo si estoy seguro y es que hoy, sumergidos en un estallido social sin precedentes en nuestro país, las y los jóvenes, incluso la historia, no están dispuestos a dejar pasar por alto ningún tipo de represión por parte del estado. Un pueblo que ha sido ultrajado, golpeado y amedrantado por los mismos infames de hace décadas, hoy se despierta en contra de la oligarquía y el poder centralizado desde hace años por los corruptos, y es que pareciese que la presidencia en Colombia fuese un cargo hereditario, y quiero dejar en claro que esto es una democracia, no una monarquía, ladrones. Respeten el pluralismo y la soberanía del pueblo, que en su constitución ratifica que el pueblo es soberano, estos bastardos han burlado nuestros derechos y nuestros intereses.
Hoy, a un mes de las protestas, el pueblo sigue
manifestando su inconformismo, sigue en las calles dejando en claro que el pueblo
es superior a sus dirigentes, con un mensaje muy claro y directo: “Si dejamos
las calles, ellos ganan”. Esta generación se ha armado de valor y entusiasmo,
con inteligencia y civismo, con resistencia y esperanza, en contra de un
gobierno que representa los intereses que aquejan a nuestro amado pueblo desde
años. Hoy un pueblo hambriento, representado en su mayoría por jóvenes, llenos
de sueños y anhelos de superación, un pueblo que hoy se viste de dignidad y
repudia las migajas del estado, y exige lo que por derecho merece, es un pueblo
hambriento que solo quiere paz y cambios radicales, pero un tirano como Duque
que se ha atornillado en el abuso al poder y que no tiene el reconocimiento
popular, por lo que es un gobierno débil y burlesco. Un tirano que su respuesta
frente al hambre de su pueblo es apuntar sus armas en contra de su mismo
pueblo, armas compadras y financiadas con nuestros propios impuestos, por el
simple hecho de exigir y defender sus derechos. Nuestro honorable presidente, ha
dado la orden a la fuerza pública de arremeter contra su propio pueblo.
Y sepan pues que esta barbarie desatada por el estado,
jamás se los perdonara la historia, ni la generación que hoy se levanta. Mi
llamado es a seguir defendiendo nuestros derechos, porque un estado donde la
oligarquía gobierna, es un estado centralizado. No habrá perdón, ni olvido. Por
las masacres, desapariciones, violaciones, y demás atrocidades perpetuadas
contra un pueblo hambriento, que solo exige la liberación del país de la
maldita violencia. Es pues esta, la diversidad que ofrece un estado fascista a
nuestros jóvenes, un país hambriento, en el que si hablas te dan plomo, y solo callas
por el miedo infundido.
Termino con una frase que alguna vez filosofé: “No
importa nuestra raza, religión u orientación sexual, somos humanos y esto nos
hace hermanos”.
